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Sumario
1. Introducción.
2. Formación: a) Formación y verdad; b) Verdad y libertad; c) Derecho a la
verdad.
3. La ley de Dios y la obligación de seguir la conciencia: a) Conciencia
moral; b) Conciencia moral y ley de Dios.-
4. Clases de conciencia, conciencia cierta y verdadera
5. Formación de la conciencia: a) Necesidad de esta formación; b)
Revelación y Magisterio eclesiástico; c) Libertad religiosa y libertad de
las conciencias
6. Medios para formar rectamente la conciencia: a) Buscar a Dios
seriamente; b) Sinceridad; c) Apoyarse en los demás; d) Formación a través
de la lectura
7. La libertad en la Encíclica «Veritatis splendor» de Juan Pablo II.
1. Introducción
La referencia a la conciencia es algo habitual en el hombre. Y puede ser
que si nos preguntan: ¿qué entiendes por conciencia?, la respuesta sea que
la conciencia es aquel hábito que determina la bondad o la malicia de los
actos. ¿Eso es así? ¿Es la conciencia la única norma moral? La conciencia,
¿crea la bondad o la malicia de nuestras acciones o, por el contrario, se
adecua a una norma objetiva? Vamos a intentar resolver estos interrogantes
tan fundamentales para la vida del hombre, pues de ellos depende, en gran
parte, su salvación eterna.
Sin embargo, no podemos pensar que vamos a abordar el tema en toda su profundidad
pues para ello haría falta tratar de la existencia de Dios y de su
Providencia, de la existencia de una realidad y de un orden objetivo; de la
verdad y de la divinidad de la religión católica; de la filosofía de la
educación, etcétera.
No obstante, abordaremos dos temas: la formación y la conciencia, para
posteriormente estudiar la formación de la conciencia y de ahí sacar unas
consecuencias prácticas para dicha formación.
2. Formación
a) Formación y verdad
La formación ayuda al hombre al conocimiento de la verdad y a la vivencia
de su libertad. Esta afirmación no se refiere a las grandes verdades
--científicas, filosóficas, etc.-- sino a la necesidad de tener criterio
sobre cualquier materia --ética, de trabajos manuales, etc.--.
Pero, ¿qué es la verdad? La verdad, según Santo Tomás, es la adecuación del
intelecto con la cosa conocida. Por lo tanto, la formación debe ir
encaminada a que el hombre acierte lo máximo posible en esas adecuaciones
con la realidad. Por ello, diremos que uno está formado en la medida en que
se desenvuelve con acierto; concretamente, si sabe distinguir
perfectamente, sin error, lo bueno de lo malo.
b) Verdad y libertad
Nuestra posibilidad de ser libres es fruto de nuestra capacidad de conocer
la verdad. Porque «la libertad no es la libertad de hacer cualquier cosa,
sino que es libertad para el Bien, en el cual solamente reside la
felicidad. De este modo el Bien es su objetivo. Por consiguiente el hombre
se hace libre cuando llega al conocimiento de lo verdadero, y esto
--prescindiendo de otras fuerzas-- guía su voluntad»(1). Por eso, «la
madurez y responsabilidad de estos juicios --y, en definitiva, del hombre,
que es su sujeto-- se demuestran no con la liberación de la conciencia de
la verdad objetiva, en favor de una presunta autonomía de las propias
decisiones, sino, al contrario, con una apremiante búsqueda de la verdad y
con dejarse guiar por ella en el obrar»(2).
Si nuestro conocimiento sobre lo que debemos hacer es falso, si nos hemos
equivocado, es indudable que nuestro obrar no es libre («La verdad os hará
libres»: Jn 8, 32). Decidir en el error es degradarse, actuar coaccionado
por unos datos falsos que nos llevarán a tomar una decisión forzada.
En cambio, la verdadera formación no aliena, no priva de libertad, sino que
es dadora de libertad. Por eso promoverá el amor a la verdad, a la
libertad, a la responsabilidad, al conocimiento claro y profundo de los
hechos.
c) Derecho a la verdad
Decimos que el hombre puede alcanzar la verdad, pero a veces falla en el
intento; pues para alcanzar la verdad, a veces el itinerario es largo,
laborioso, con dificultades, con apasionamientos..., y es posible el error.
Esa es una limitación radical del hombre que no puede ser ignorada. Por
eso, decimos que el hombre es sociable, es decir, necesita de los demás
para llegar a ser lo que puede ser, tanto en el plano biológico, como
científico y religioso. Y como es una necesidad, es un derecho que tiene
todo hombre a recibir ayuda de los otros. Y eso no es cosa distinta de la formación:
ayudar a los demás a encontrar la verdad.
La formación en el terreno religioso será el soporte seguro para que
conociendo la Verdad y viviendo la Libertad, lleguemos al Amor. Por eso, ha
dicho un reciente documento de la Iglesia que «la apertura a la plenitud de
la verdad se impone a la conciencia moral del hombre, el cual debe buscarla
y estar dispuesto a acogerla cuando se le presente»(3).
Para esta tarea exhorta el Concilio Vaticano II «a todos, pero
especialmente a los que se cuidan de la educación de otros, a que se
esmeren en formar hombres que, acatando el orden moral, obedezcan a la
autoridad legítima y sean amantes de la genuina libertad; hombres que
juzguen las cosas con criterio propio a la luz de la verdad, que ordenen
sus actividades con sentido de responsabilidad y que se esfuercen por
secundar todo lo verdadero y lo justo, asociándose gustosamente con los
demás»(4).
3. La ley de Dios y la obligación de seguir la conciencia
a) Conciencia moral
La conciencia moral ordena a la persona, «en el momento oportuno, practicar
el bien y evitar el mal. Juzga también las opciones concretas aprobando las
que son buenas y denunciando las que son malas (Cfr Rom 1,32»(5); es decir,
la posibilidad de ver nuestros propios actos en relación con los planes de
Dios.
Al hablar de algo bueno o malo lo hacemos siempre por referencia a un
«patrón». Pero ¿es la misma conciencia? o ¿es algo objetivo? Lo veremos a
continuación, pero podemos adelantar que la norma suprema de conducta es la
ley divina. La conciencia sólo descubre si sus acciones encajan con lo que
Dios quiere. En consecuencia la conciencia es norma próxima (subjetiva,
personal, inmediata) de moralidad, pero la norma suprema (objetiva) es la
ley de Dios.
b) Conciencia moral y ley de Dios
El cogito, ergo sum de Descartes ha influido en la mente del hombre moderno
más de lo que normalmente se supone. Desde Descartes existe la tentación de
dar por real lo que la evidencia interior asegura: existo porque pienso, y
no es así. La verdad es: «pienso, porque existo». La mesa existe no porque
la piense yo, sino porque tiene una realidad extramental. La postura
cartesiana pasada al terreno de la ética se explicitaría del siguiente
modo: «pienso que está bien, luego se puede hacer», «no lo veo claro, pues
entonces no lo hago».
Y evidentemente eso no es así. El entender sigue al ser, no le precede. En
moral, el hombre tiene la posibilidad de conocerse y conocer sus actos,
como consecuencia de que existe y tiene un fin, una ley por la cual
conducir sus actos. Por eso, «la conciencia no es la única voz que puede
guiar la actividad humana. Y su voz se hace tanto más clara y poderosa
cuando a ella se une la voz de la ley de la autoridad legítima. La voz de
la conciencia no es siempre infalible, ni objetivamente es lo supremo. Y
esto es verdad particularmente en el campo de la acción sobrenatural, en
donde la razón no puede interpretar por sí misma el camino del bien, sino
que tiene que valerse de la fe para dictar al hombre la norma de justicia
querida por Dios, mediante la revelación: el hombre justo --dice San
Pablo-- vive de la fe»(6). Porque Dios nos ha elevado al plano sobrenatural
nos ha hecho partícipes de su misma naturaleza divina. Por eso, por encima
de la conciencia está la ley de Dios. «La norma suprema de la vida humana
es la propia ley divina, eterna, objetiva y universal»(7).
La libertad humana es una cualidad del hombre que le permite querer o no
querer lo que la inteligencia le muestra. Sólo interviene para facilitar o
impedir la Ley, pero no interviene como si fuera una facultad de crear
normas. Las normas están ahí y el hombre las ve o renuncia a verlas, pero
no puede crearlas, porque tratar de convertir la propia conciencia en norma
última de moralidad es tanto como querer colocarla en lugar de Dios y su
ley. Con la imagen de lo que se dice en el Génesis --«De cualquier árbol
del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no
comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio» (Gen 2,
16-17)--, «la Revelación enseña que el poder de decidir sobre el bien y el
mal no pertenece al hombre, sino sólo a Dios. El hombre es ciertamente
libre, desde el momento que puede comprender y acoger los mandamientos de
Dios. Y posee una libertad muy amplia, porque puede comer ´de cualquier
árbol del jardín´. Pero esta libertad no es ilimitada: el hombre debe
detenerse ante el ´árbol de la ciencia del bien y del mal´, por estar
llamado a aceptar la ley moral que Dios le da. En realidad, la libertad del
hombre encuentra su verdadera y plena realización en esta aceptación. Dios,
que sólo Él es Bueno, conoce perfectamente lo que es bueno para el hombre,
y en virtud de su mismo amor se lo propone en los mandamientos» (VS, 35).
Por eso, hemos de concluir que «la conciencia, por tanto, no es una fuente
autónoma y exclusiva para decidir lo bueno y lo malo; al contrario, en ella
está grabado profundamente un principio de obediencia a la norma objetiva,
que fundamenta y condiciona la congruencia de sus decisiones con los
preceptos y prohibiciones en los que se basa el comportamiento humano, como
se entrevé ya en la citada página del libro del Génesis (2, 9-17).
Precisamente, en este sentido la conciencia es el sagrario íntimo donde
resuena la voz de Dios. Es la voz de Dios, aun cuando el hombre reconoce
exclusivamente en ella el principio del orden moral del que humanamente no
se puede dudar, incluso sin una referencia directa al Creador: precisamente
la conciencia encuentra en esta referencia su fundamento y su
justificación»(8).
En consecuencia, no hay una autonomía del hombre frente a Dios. Por eso,
dice Juan Pablo II que: «En efecto, la conciencia es el núcleo más secreto
y el sagrario del hombre, en el que ésta se siente a solas con Dios, cuya
voz resuena en el recinto más íntimo. Esta voz dice claramente a los oídos
de su corazón advirtiéndole... haz esto, evita aquello. Tal capacidad de
mandar el bien y prohibir el mal, puesta por el Creador en el corazón del
hombre, es la propiedad clave del sujeto personal. Pero, al mismo tiempo, en
lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una
ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer (Gaudium et
spes), n. 16»(9).
4. Clases de conciencia
Por razón de su concordancia con la ley de Dios, la conciencia puede ser
recta o verdadera y errónea, según si sus dictados se adecuan o no a esa
ley. La errónea puede ser vencible (si no se ponen todos los medios para
salir del error) e invencible (si puestos todos los medios no se puede
salir del error). Se debe seguir la conciencia recta y verdadera y también
la invenciblemente errónea.
Por razón del asentimiento que prestamos a lo que la conciencia nos dicta
ésta se divide en cierta, probable y dudosa, según el grado de seguridad
que se tenga. Se debe seguir la conciencia cierta; en algunos casos la
probable, pero nunca la dudosa; hay que salir antes de la duda.
No es lo mismo estar seguro de algo que dar en el clavo. La primera es la
conciencia cierta, la segunda es la conciencia verdadera. Una es la
seguridad subjetiva y la otra la objetiva. Pues bien, no basta con «estar
seguro» (conciencia cierta), además hay que actuar con la ley (conciencia
verdadera).
Limitarse a una seguridad personal es ponerse en lugar de Dios, que es el
único que no se equivoca. Por ese camino se acaba confundiendo lo
espontáneo con lo objetivamente bueno. En cambio, «fruto de la recta
conciencia es, ante todo, el llamar por su nombre al bien y al mal»(10).
Por la limitación humana puede ocurrir que un hombre esté cierto de algo
que no sea verdadero. Por eso mismo, no es el ideal tener meramente una
conciencia moral cierta: hay que tender a tener, además, una conciencia
recta o verdadera. La conciencia, «para ser norma válida del actuar humano
tiene que ser recta, es decir, verdadera y segura de sí misma, y no dudosa
ni culpablemente errónea»(11). Una persona que actúe contra su conciencia,
peca; pero también peca por no ajustar deliberadamente sus dictámenes a la
ley de Dios que es la norma suprema de actuación. «El desconocimiento de Cristo
y de su Evangelio, los malos ejemplos recibidos de otros, la servidumbre de
las pasiones, la pretensión de una mal entendida autonomía de la
conciencia, el rechazo de la autoridad de la Iglesia y de su enseñanza, la
falta de conversión y caridad pueden conducir a desviaciones del juicio en
la conducta moral» (CEC, 1792).
Por eso, apelar a la conciencia para eludir la norma, que quizá por falta
de formación --o incluso por mala fe-- se desconoce, es absolutamente
equivocado.
Es cierto que hemos de decidir con nuestra propia conciencia, y también que
nadie nos puede forzar a actuar contra ella, pero no es menos cierto que
tenemos el grave deber de que los dictados de esa conciencia se ajusten a
lo que Dios quiera, que es tanto como decir que esté bien formada, que sea
recta o verdadera.
5. Formación de la conciencia
a) Necesidad de esta formación
Por lo que llevamos dicho podemos concluir que es necesaria la formación y
especialmente acuciante para un hombre de fe que quiere conocer mejor a
Dios, y se da cuenta de que «la religión es la mayor rebelión del hombre
que no quiere vivir como una bestia, que no se conforma --que no se
aquieta-- si no trata y conoce al Creador»; por eso verá que «el estudio de
la religión es una necesidad fundamental» y que «un hombre que carezca de
formación religiosa no está completamente formado»(12). Por eso recalca el
Catecismo que «hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral.
Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón,
conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La
educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a
influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio
y a rechazar las enseñanzas autorizadas» (CEC, 1783).
En cualquier materia intentamos alcanzar el mayor número de conocimientos
para ser doctos en aquel saber. Y si no los alcanzamos, evitamos hablar del
tema por indoctos. Pero, ¿sucede lo mismo con los temas relativos a la fe
ya la moral? Muchas veces se pontifica sobre lo que se ignora. Por todo
ello, «la conciencia tiene necesidad de formación. Una educación de la
conciencia es necesaria, como es necesario para todo hombre ir creciendo
interiormente, puesto que su vida se realiza en un marco exterior demasiado
complejo y exigente»(13). Añade el Catecismo que «la educación de la
conciencia es tarea de toda la vida (...) garantiza la libertad y engendra
la paz del corazón» (CEC, 1784).
Por ello, la formación de la conciencia seguirá reglas parecidas a las de
toda formación. Sin embargo, a la hora de aplicarlas, no podemos olvidar un
dato importantísimo: lo que pretendemos al formar la conciencia no es
simplemente alcanzar una habilidad o desarrollar una facultad, sino
conseguir nuestro destino eterno. Esto nos lleva a ver unos cuantos
presupuestos básicos de la formación de la conciencia.
b) Revelación y Magisterio eclesiástico
Los hombres, para conocer nuestro destino sobrenatural y los medios para
alcanzarlo, necesitamos de la Revelación. En este sentido, no somos
«espontánea y naturalmente cristianos». La palabra de Dios no sólo asegura
que una cosa conduce al hombre a su fin natural, sino que informa también
su meta sobrenatural y todo lo que le acerca a ella. Lo objetivamente
revelado confirma y corrobora, además, las disposiciones sembradas por el
Espíritu Santo en el alma que está en gracia.
Pues bien, como decía Pío XII, la moral cristiana hay que buscarla «en la
ley del Creador impresa en el corazón de cada uno y en la Revelación, es
decir, en el conjunto de las verdades y de los preceptos enseñados por el
Divino Maestro. Todo esto --así la ley escrita en el corazón, o la ley
natural, como las verdades y preceptos de la revelación sobrenatural-- lo
ha dejado Jesús Redentor como tesoro moral a la humanidad, en manos de su
Iglesia, de suerte que ésta lo predique a todas las criaturas, lo explique
y lo transmita, de generación en generación, intacto y libre de toda
contaminación y error»(14).
La Iglesia, pues, a través de su Magisterio ordinario y extraordinario es
la depositaria y maestra de la verdad revelada. De ahí que «los cristianos,
en la formación de su conciencia, deben prestar diligente atención a la
doctrina sagrada y cierta de la Iglesia»(15).
Difícilmente podría hablarse de rectitud moral de una persona que desoiga o
desprecie el Magisterio eclesiástico: «el que a vosotros oye, a Mí me oye,
y el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia; y el que me desprecia,
desprecia al que me envió» (Lc 10,16). Por tanto, para un cristiano, sí no
hay unión con la Jerarquía --con el Papa y con el Colegio Episcopal en
comunión con el Papa--, no hay posibilidad de unión con Cristo. Ésta es la
fe cristiana, y cualquier otra posibilidad queda al margen de la fe. Y no
sólo cuando es Magisterio extraordinario, o bien ordinario y universal,
sino también cuando es auténtico: «la mayor parte de las veces lo que se
propone e inculca en las Encíclicas pertenece por otras razones al
patrimonio de la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices pronuncian de
propósito una sentencia en materia disputada, es evidente que según la
intención de los mismos Pontífices, esa cuestión no puede considerarse ya
como de libre discusión entre los teólogos»(16).
Será, pues, el Magisterio eclesiástico la fuente fundamental para la
formación de la conciencia. Como recordaba Juan Pablo II: «Entre los medios
que el amor redentor de Cristo ha dispuesto para evitar este peligro de
error [hace referencia a la conciencia venciblemente errónea], se encuentra
el Magisterio de la Iglesia: en su nombre, posee una verdadera y propia
autoridad de enseñanza. Por tanto, no se puede decir que un fiel ha
realizado una diligente búsqueda de la verdad, si no tiene en cuenta lo que
el Magisterio enseña; si, equiparándolo a cualquier otra fuente de
conocimiento, él se constituye en su juez; si, en la duda, sigue más bien
su propia opinión o la de los teólogos, prefiriéndola a la enseñanza cierta
del Magisterio»(17). Pero ¿cómo encaja esta afirmación con la libertad
religiosa proclamada por el Concilio Vaticano II? Vamos a verlo.
c) Libertad religiosa y libertad de las conciencias
La libertad religiosa proclamada por el Concilio Vaticano II tiene un
sentido preciso: «La libertad religiosa que exigen los hombres para el
cumplimiento de su obligación de rendir culto a Dios, se refiere a la
inmunidad de coacción en la sociedad civil»(18). Lo que especifica es que
no puede haber ninguna autoridad civil que pueda imponerse en el tema
religioso. Pero en ningún momento habla de la libertad de conciencia, acuñada
por la doctrina laicista, porque esta doctrina hace de la conciencia el
sumo principio y criterio de verdad, negando la ley de Dios, de la que se
declara independiente.
Por eso decimos: no a la libertad de conciencia (conciencia autónoma frente
a Dios), y sí a la libertad de las conciencias (no se puede impedir desde
fuera que cada uno siga su conciencia en materia religiosa). Por lo tanto
podemos decir con la Gaudium et spes: «...sean conscientes que no deben
proceder a su arbitrio, sino que deben regirse por la conciencia, la cual
ha de ajustarse a la ley divina, dóciles al Magisterio de la Iglesia que
interpreta auténticamente esa ley, a la luz del evangelio».
6. Medios para formar rectamente la conciencia
Hemos llegado al punto en que podemos explicitar las normas y medios para
la formación de una conciencia recta o verdadera. Sin embargo, esas normas
o medios no los podemos ver como una concesión de nuestra parte «porque no
queda más remedio». No es la formación un meterse entre carriles que nos
llevan a donde no queremos ir, sino medios que nos llevan a la Verdad y al
Amor.
Si no actuamos así es que no tenemos deseos de formarnos. Y la queja de
Cristo tiene que ser un revulsivo para nosotros, pues como Él mismo dice se
debe a la libre negativa del hombre: «¿Por qué no entendéis mi lenguaje?
Porque no podéis sufrir mi doctrina» (Jn 8, 43).
También hay que tener en cuenta que puede costar no pocos sacrificios
seguir una conciencia rectamente formada, pues no olvidemos que una vida
cristiana, llevada hasta sus últimas consecuencias, no puede excluir la
cruz: «el que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz
y sígame» (Mt 16,24.).
Por último, al formar la conciencia, no se puede caer en el encasillamiento
interior, pero tampoco en la ignorancia o desprecio de las normas de la
Iglesia. Una buena educación estará tan lejos del escrúpulo como de la
«manga ancha». Es preciso tener las ideas muy claras y que luego las
aplique cada uno a su manera con libertad y responsabilidad personales.
a) Buscar a Dios seriamente
Una buena formación de la conciencia tendrá que partir de una base de seria
búsqueda de ese Dios-Hombre, que ha descendido hasta nosotros haciéndose
tan cercano. Una búsqueda que debe ya estar marcada en su inicio con la
honradez de pechar con todas las consecuencias del encuentro, porque Cristo
nos llama no para que le admiremos como un ser excepcional; nos llama para
que le sigamos hasta identificarnos con Él. Por eso, otra actitud revelaría
miedo a Dios, miedo al encuentro. Por lo tanto, en primer término será
preciso leer el Evangelio. «Al regalarte aquella Historia de Jesús, puse
como dedicatoria: ´Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames
a Cristo´.
»--Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la
primera?»(19).
b) Sinceridad
La sinceridad consigo mismo, con Dios y con los demás, es absolutamente
imprescindible para el cultivo de una conciencia recta. Y muchas veces nos
intentamos engañar a nosotros mismos, para luego engañar a los demás, y, en
último término, a Dios.
Un medio habitual para practicar la sinceridad consigo mismo y con Dios es
el examen de conciencia. En él ejercitamos de modo claro la responsabilidad
personal para hacernos cargo de nuestros errores, para fomentar el
propósito de la enmienda y para confesarnos si fuera preciso, y para
dolernos de haber ofendido a nuestro Padre Dios.
Otro medio importante para conocernos mejor, conocer más al Señor y
ayudarnos a la sinceridad es la oración mental en la que tratamos con Dios
de nuestras cosas (alegrías, fracasos, éxitos, preocupaciones...),
viéndolos con otra dimensión meramente humana y acomodaticia a nuestros
intereses personales.
c) Apoyarse en los demás
El apoyo en los demás deberá partir de la humildad de quien se sabe no
autosuficiente, sino necesitado. Esa ayuda podrá verificarse de muchos
modos complementarios entre sí: a través de la dirección espiritual, de la
confesión, de un amigo que nos da un determinado consejo, de unas clases
que amplíen los conocimientos doctrinales, de un buen libro, etc.
«Conviene que conozcas esta doctrina segura: el espíritu propio es mal
consejero, mal piloto, para dirigir el alma en las borrascas y tempestades,
entre los escollos de la vida interior.
»Por eso es Voluntad de Dios que la dirección de la nave la lleve un
Maestro, para que, con su luz y conocimiento nos conduzca a puerto
seguro»(20).
Habría que volver a recordar la importancia de la sinceridad al hablar de
dirección espiritual, y sería bueno recordar que siendo sinceros con
nosotros mismos, no será difícil --aunque cueste-- serlo con el director,
porque a la dirección espiritual o se va con absoluta sinceridad o no se
va: la comedia no tendría sentido.
La confesión es la culminación de la dirección espiritual, por la cual Dios
nos da su gracia para vencer en la lucha diaria. La confesión nos perdona
los pecados y nos consigue una conciencia recta porque consagra y diviniza
nuestro deseo de rectificar. «En efecto, la confesión habitual de los pecados
veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas
inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del
Espíritu» (CEC, 1458).
d) Formación a través de la lectura
Es obvio que si la Iglesia es la depositaria e intérprete auténtica de la
verdad revelada, nuestro primer medio de formación será el estudio de los
documentos del Magisterio, y de otros libros con buena doctrina, avalados
por la autoridad eclesiástica competente. Y entre éstos, no estará de más
que repasemos, de vez en cuando, las verdades fundamentales de nuestra fe,
contenidas en el Catecismo de la Iglesia Católica.
Al hablar de la lectura de libros --tan necesaria--, no es superfluo
considerar que es necesario un buen asesoramiento antes de leer un libro,
para que ese libro ayude efectivamente a iluminar la conciencia y no a
oscurecerla. Terminamos con unas palabras tremendamente actuales sobre esta
necesidad de formación: «La enseñanza de la religión ha de ser libre,
aunque el cristiano sabe que, si quiere ser coherente con su fe, tiene
obligación grave de formarse bien en ese terreno, que ha de poseer --por
tanto-- una cultura religiosa: doctrina, para poder vivir de ella y para
poder ser testimonio de Cristo con el ejemplo y con la palabra»(21).
7. La libertad en la Encíclica «Veritatis splendor» de Juan Pablo II
El interés por la libertad, hoy agudizado particularmente, induce a muchos
estudiosos de ciencias humanas o teológicas a desarrollar un análisis más
penetrante de su naturaleza y sus dinamismos. Justamente se pone de relieve
que la libertad no es sólo la elección por esta o aquella acción
particular; sino que es también, dentro de esa elección, decisión sobre sí
y disposición de la propia vida a favor o en contra del Bien, a favor o en
contra de la Verdad; en última instancia, a favor o en contra de Dios.
Justamente se subraya la importancia eminente de algunas decisiones que dan
«forma» a toda la vida moral de un hombre determinado, configurándose como
el cauce en el cual también podrán situarse y desarrollarse otras
decisiones cotidianas particulares.
Sin embargo, algunos autores proponen una revisión mucho más radical de la
relación entre persona y actos. Hablan de una «libertad fundamental», más
profunda y diversa de la libertad de elección, sin cuya consideración no se
podrían comprender ni valorar correctamente los actos humanos. Según estos
autores, la función clave en la vida moral habría que atribuirla a una
«opción fundamental», actuada por aquella libertad fundamental mediante la
cual la persona decide globalmente sobre sí misma, no a través de una
elección determinada y consciente a nivel reflejo, sino en forma
«trascendental» y «atemática». Los actos particulares derivados de esta
opción constituirían solamente unas tentativas parciales y nunca
resolutivas para expresarla, serían solamente «signos» o síntomas de ella.
Objeto inmediato de estos actos --se dice-- no es el Bien absoluto (ante el
cual la libertad de la persona se expresaría a nivel trascendental), sino
que son los bienes particulares (llamados también «categoriales»). Ahora
bien, según la opinión de algunos teólogos, ninguno de estos bienes,
parciales por su naturaleza, podría determinar la libertad del hombre como
persona en su totalidad, aunque el hombre solamente pueda expresar la
propia opción fundamental mediante la realización o el rechazo de aquellos.
De esta manera, se llega a introducir una distinción entre la opción
fundamental y las elecciones deliberadas de un comportamiento concreto; una
distinción que en algunos autores asume la forma de una disociación, en
cuanto circunscriben expresamente el «bien» y el «mal» moral a la dimensión
trascendental propia de la opción fundamental, calificando como «rectas» o
«equivocadas» las elecciones de comportamientos particulares
«intramundanos», es decir, referidos a las relaciones del hombre consigo
mismo, con los otros y con el mundo de las cosas. De este modo, parece
delinearse dentro del comportamiento humano una escisión entre dos niveles
de moralidad: por una parte el orden del bien y del mal, que depende de la
voluntad, y, por otra, los comportamientos determinados, los cuales son
juzgados como moralmente rectos o equivocados haciéndolo depender sólo de
un cálculo técnico de la proporción entre bienes y males «premorales» o
«físicos», que siguen efectivamente a la acción. Y esto hasta el punto de
que un comportamiento concreto, incluso elegido libremente, es considerado
como un proceso simplemente físico, y no según los criterios propios de un
acto humano. El resultado al que se llega es el de reservar la calificación
propiamente moral de la persona a la opción fundamental, sustrayéndola --o
atenuándola-- a la elección de los actos particulares y de los
comportamientos concretos.
No hay duda de que la doctrina moral cristiana, en sus mismas raíces
bíblicas, reconoce la específica importancia de una elección fundamental
que cualifica la vida moral y que compromete la libertad a nivel radical
ante Dios. Se trata de la elección de la fe, de la obediencia de la fe (cfr
Rom 16,26), por la que «el hombre se entrega entera y libremente a Dios, y
le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad». Esta fe, que
actúa por la caridad (cfr Gal 5,6), proviene de lo más íntimo del hombre,
de su «corazón» (cfr Rom 10,10), y desde aquí viene llamada a fructificar
en las obras . En el Decálogo (cfr Mt 12,33-35; Lc 6,43-45; Rom 8,5-8; Gal
5,22) se encuentra, al inicio de los diversos mandamientos, la cláusula
fundamental: «Yo, el Señor, soy tu Dios» (Ex 20,2), la cual, confiriendo el
sentido original a las múltiples y varias prescripciones particulares,
asegura a la moral de la Alianza una fisonomía de totalidad, unidad y
profundidad. La elección fundamental de Israel se refiere, por tanto, al
mandamiento fundamental (cfr Jos 24,14-25; Ex 19,3-8; Miq 6,8). También la
moral de la Nueva Alianza está dominada por la llamada fundamental de Jesús
a su «seguimiento» --al joven le dice: «Si quieres ser perfecto... ven, y
sígueme» (Mt 19,21)--. Y el discípulo responde a esa llamada con una decisión
y una elección radical. Las parábolas evangélicas del tesoro y de la perla
preciosa, por los que se vende todo cuanto se posee, son imágenes
elocuentes y eficaces del carácter radical e incondicionado de la elección
que exige el Reino de Dios. La radicalidad de la elección para seguir a
Jesús está expresada maravillosamente en sus palabras: «Quien quiera salvar
su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio,
la salvará» (Mc 8,35).
La llamada de Jesús «ven y sígueme» marca la máxima exaltación posible de
la libertad del hombre y, al mismo tiempo, atestigua la verdad y la
obligación de los actos de fe y de decisiones que se pueden calificar de
opción fundamental. Encontramos una análoga exaltación de la libertad
humana en las palabras de san Pablo: «Hermanos, habéis sido llamados a la
libertad» (Gal 5,13). Pero el Apóstol añade inmediatamente una grave
advertencia: «Con tal de que no toméis de esa libertad pretexto para la
carne». En esta exhortación resuenan sus palabras precedentes: «Para ser
libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir
nuevamente bajo el yugo de la esclavitud» (Gal 5,1). El apóstol Pablo nos
invita a la vigilancia, pues la libertad sufre siempre la insidia de la
esclavitud. Tal es precisamente el caso de un acto de fe en el sentido de
una opción fundamental, que es disociado de la elección de los actos
particulares según las corrientes anteriormente mencionadas.
Por tanto, dichas teorías son contrarias a la misma enseñanza bíblica, que
concibe la opción fundamental como una verdadera y propia elección de la
libertad y vincula profundamente esta elección a los actos particulares.
Mediante la elección fundamental, el hombre es capaz de orientar su vida y
--con la ayuda de la gracia-- tender a su fin siguiendo la llamada divina.
Pero esta capacidad se ejerce de hecho en las elecciones particulares de
actos determinados, mediante los cuales el hombre se conforma
deliberadamente con la voluntad, la sabiduría y la ley de Dios. Por tanto,
se afirma que la llamada opción fundamental, en la medida en que se
diferencia de una intención genérica y, por ello, no determinada todavía en
una forma vinculante de la libertad, se actúa siempre mediante elecciones
conscientes y libres. Precisamente por esto, la opción fundamental es
revocada cuando el hombre compromete su libertad en elecciones conscientes
de sentido contrario, en materia moral grave.
Separar la opción fundamental de los comportamientos concretos significa
contradecir la integridad sustancial o la unidad personal del agente moral
en su cuerpo y en su alma. Una opción fundamental, entendida sin considerar
explícitamente las potencialidades que pone en acto y las determinaciones
que la expresan, no hace justicia a la finalidad racional inmanente al
obrar del hombre y a cada una de sus elecciones deliberadas. En realidad,
la moralidad de los actos humanos no se reivindica solamente por la
intención, por la orientación u opción fundamental, interpretada en el
sentido de una intención vacía de contenidos vinculantes bien precisos, o
de una intención a la que no corresponde un esfuerzo real en las diversas
obligaciones de la vida moral. La moralidad no puede ser juzgada si se
prescinde de la conformidad u oposición de la elección deliberada de un
comportamiento concreto respecto a la dignidad y a la vocación integral de
la persona humana. Toda elección implica siempre una referencia de la
voluntad deliberada a los bienes y a los males, indicados por la ley
natural como bienes que hay que conseguir y males que hay que evitar. En el
caso de los preceptos morales positivos, la prudencia ha de jugar siempre
el papel de verificar su incumbencia en una determinada situación, por
ejemplo, teniendo en cuenta otros deberes quizás más importantes o urgentes.
Pero los preceptos morales negativos, es decir, aquellos que prohíben
algunos actos o comportamientos concretos como intrínsecamente malos, no
admiten ninguna excepción legítima; no dejan ningún espacio moralmente
aceptable para la de alguna determinación contraria. Una vez reconocida
concretamente la especie moral de una acción prohibida por una norma
universal, el acto moralmente bueno es sólo aquél que obedece a la ley
moral y se abstiene de la acción que dicha ley prohíbe.
Es necesario añadir todavía una importante consideración pastoral. En la
lógica de las teorías mencionadas anteriormente, el hombre, en virtud de
una opción fundamental, podría permanecer fiel a Dios independientemente de
la mayor o menor conformidad de algunas de sus elecciones y de sus actos
concretos a las normas o reglas morales específicas. En virtud de una
opción primordial por la caridad, el hombre --según estas corrientes--
podría mantenerse moralmente bueno, perseverar en la gracia de Dios,
alcanzar la propia salvación, a pesar de que algunos de sus comportamientos
concretos sean contrarios deliberada y gravemente a los mandamientos de
Dios.
En realidad, el hombre no va a la perdición solamente por la infidelidad a
la opción fundamental, según la cual se ha entregado «entera y libremente a
Dios». Con cualquier pecado mortal cometido deliberadamente, el hombre
ofende a Dios que ha dado la ley y, por tanto, se hace culpable frente a
toda la ley (cfr Sant 2, 8-11); a pesar de conservar la fe, pierde la
«gracia santificante», la «caridad» y la «bienaventuranza eterna». «La
gracia de la justificación que se ha recibido --enseña el Concilio de
Trento-- no sólo se pierde por la infidelidad, por la cual se pierde
incluso la fe, sino por cualquier otro pecado mortal» (Conc. Trento, Sesión
VI, cap. XV).
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